Este blog simplemente aprovecha la increíble capacidad de la gente real para convertirse en personajes literarios.
10 de agosto de 2011
Experiencias cotidianas
Un cacho de literatura
Yo escribo, dibuja Magdalena
Inexperiencias de lectura
Ilustradora: Magdalena Salomón
El lector
(micro cuento)
Le decían que no podía ser que no le gustara la lectura, que no supiera nada de literatura. Le señalaban continuamente que ya era hora de que comenzara a leer, que era placentero. Tanto insistieron que cedió. Tomó el libro más voluminoso que encontró en la casa de sus padres. Quería impresionarlos. La tapa estaba maltratada, las dos primeras páginas arrancadas, pero no le importó y prosiguió. No comprendió porqué había tantos capítulos, no entendió el argumento, ni cuáles eran los personajes y, finalmente, desahuciado, leyó la última palabra: “zuzón” y, confundido, cerró el diccionario.
Autora: Florencia Ciancio
Ilustradora: Magdalena Salomón
Un cacho de literatura
Dedicado a mi perra Ami, la fuente de inspiración.
Yo escribo, dibuja Magdalena.
Yo escribo, dibuja Magdalena.
Ilustradora: Magdalena Salomón
La nariz en la alcantarilla
(Cuento)
Las dos patas traseras estiradas y
tensas. Las delanteras un poco flexionadas. La cola cortita pegada a la parte
superior del muslo izquierdo. Las orejas marrones alzadas, atentas, y la cabeza
gacha, en un ángulo extremadamente incómodo pero eficaz para mantener la nariz metida
en la alcantarilla. El desagüe del patio jamás había logrado acaparar la atención
de una manera tan evidente. El dueño de casa lo recordaba a menudo, pero solo
en su función ordinaria de desagüe. En cambio ella, con su pelaje tricolor y su
boca siempre jadeante, había encontrado ahí, en ese hueco cuadrado y húmedo, la
solución a sus tediosas tardes perrunas.
El dueño de casa
siempre se había preguntado por qué aquel pozo del patio conseguía despertar la
curiosidad del can. Se preguntaba qué habría allí que la hacía dejar a medio mordisquear
un hueso o la obligaba a desinteresarse de su hartamente relamida pata trasera.
No pasaba un solo día sin que el animal quedara absorto ante aquella abertura
al ras del suelo. El dueño de casa había intentado, por todos los medios, que
su mascota se alejara de aquel vicio. Toda maceta circundante había sido colocada
sobre el hueco, cubriéndolo por completo. Y al instante, toda maceta allí
colocada había sido derrumbada por un par de patas peludas. Malvones, rosas,
margaritas y gladiolos habían entregado sus pétalos al servicio de aquella
lucha.
El dueño de casa
estaba preocupado por el caso. Un ardiente mediodía veraniego había observado
al animalito asarse al calor del sol, con la nariz en el desagüe, durante dos
horas seguidas. La acción se prolongó hasta que el timbre de calle los distrajo
a ambos de aquel espectáculo horroroso. El dueño de casa supuso, en su
mentalidad poco perruna, que al canino ejemplar le debería agradar el murmullo
del correr del agua. Ésta corría desde la cocina hacia la calle. Sin embargo,
una semana terriblemente calurosa de febrero, el suministro de agua de la
ciudad colapsó. El desagüe estuvo seco por cinco días enteros. Sin embargo ella
continuó allí, haciendo algo que para él resultaba incomprensible.
Una tarde, la
curiosidad venció al dueño de casa. Mientras el peludo animalito mantenía la
nariz en la alcantarilla, se acercó y se tendió a su lado, en el suelo. El can
lo miró, se hizo a un lado dejándole espacio y prosiguió con la cabeza en el
hueco. Esta actitud del can dejó perplejo al dueño de casa. Claramente, lo
invitaba a sentarse a su lado, a compartir su diversión. Parecía que el peludo animal
había estado esperando aquel momento desde el descubrimiento del desagüe y
ahora se sentía satisfecho. Durante unos tres minutos y medio el agua corrió
sigilosamente produciendo un susurro casi inaudible. Luego dejó de correr. El
dueño de casa trató de advertir en la perruna mirada algún cambio de expresión,
alguna mutación del humor. Pero sus ojos siguieron atentos al agua estancada y
barrosa. Al cabo de diez minutos consecutivos de aburrimiento el hombre comenzó
a pensar que el animal sufría de algún trastorno. Entre bostezo y bostezo se
encaminó al interior de la casa.
Al día
siguiente, sabrá Dios por qué extraño impulso, el hombre volvió a sentarse
junto al desagüe. El peludo canino nuevamente se hizo a un lado dejándole
espacio. El dueño de casa entonces pensó, que ahí adentro debería haber algo invisible
para él, pero totalmente real para ella,
tan real como su nariz negra y su mal aliento. Volvió a estirarse en el suelo
cálido, a hacerle compañía. Se quedaba impactado viéndola allí, siempre en la
misma posición incómoda, observando u oyendo algo que para él no existía. Pensó
en la posibilidad de la existencia de un mundo entero ahí abajo. Un mundo en
miniatura descubierto por su mascota. Un mundo subterráneo habitando en el
desagüe.
Días más tarde,
el dueño de casa decidió escribir un papelito que dijera “¿Hay alguien allí?” y
arrojarlo dentro del pozo. Así lo hizo. Pero nada sucedió. Supuso que tal vez
los habitantes del desagüe no entendieran su idioma o no supieran leer. Quizá
fuera un pueblo analfabeto. Tal vez optaban por la comunicación telepática. A lo
mejor se comunicaban telepáticamente con la extraña mascota.
Una semana después,
casi por seguirle el juego al can, el dueño de casa arrojó por el caño un
barquito hecho con papel de alfajor. Inmediatamente, corrió a la vereda
esperando verlo salir. Debía salir por el otro extremo. Quizá alguien subiría y
él corroboraría su teoría del mundo en miniatura. Pero el barco no salió. El
hombre se angustió terriblemente. Comenzó a dar vueltas por la vereda, a ir y
venir desde el patio a la entrada, buscando algo, alguien, alguna señal de
vida. ¡¿Y si los hubiera matado con ese barco destructor mil veces más grande
que los seres del desagüe?! Corrió nuevamente hacia la casa. Cortó el
suministro de agua y volvió al patio. Se tendió en el suelo con el oído pegado
al pozo. Metió parte de la cabeza en el hueco pero no logró ver ni escuchar
nada. Miró a ambos lados en busca de una solución al desgraciado episodio. En
ese instante divisó al peludo cuadrúpedo en el jardín. Había ido a comer pasto.
Al dueño de casa le pareció una actitud totalmente inhumana de su parte ante
una situación tan extrema como la que acontecía. Maldijo a la mascota. Cuando
el agua finalmente dejó de escurrirse, volvió a meter la cara en el pozo. Gritó
desesperado, preguntando si había alguien con vida. Buscaba alguna señal que lo
tranquilizara. Pensó en llamar al 911, pero ¿qué les diría? ¿que él los había
matado? ¿que había sido su culpa? No, no podía hacer eso. No podría soportar
tal presión. Entró en pánico. Quiso huir. Las lágrimas le rodaban por los pómulos
y un sudor frío comenzó a cubrirle el labio superior, la nuca, y luego todo el
cuerpo. La vista se le nubló casi por completo. Sabía que iba a desmayarse. Ya
en el suelo, con la frente sobre las baldosas humeantes bajo el sol, creyó
entrever un ejército de seres que brotaban de la alcantarilla, se deslizaban
por todo el patio y subían por sus piernas. De reojo, con las pocas fuerzas que
le quedaban, buscó al can, su última esperanza. Lamentablemente, de él sólo
quedaba un montón de pelo sobre el pasto.
Autora: Florencia Ciancio
Un cacho de literatura
Mención especial. Concurso "Personajes en fuga" de www.graduadosletras.blogspot.com (año 2009)
Odisea
(poema)
(poema)
Canta ¡Oh Musa! esta historia apasionada:
Penélope, hace años que de Ulises no sabe nada.
Pero un día aventurado llega una carta
- “¡Noticias de mi querido!” – piensa exaltada.
Al abrirla dice triste a su bella ama:
- “Son puros simbolitos, no veo ni una palabra”-
- “Es griego, señora, la lengua que se habla” –
- “¡Esa maldita materia! Nunca llegué a aprobarla”-
- “No se preocupe, señora, yo puedo descifrarla”-
El ama comienza a leer, Penélope a escucharla:
- “Querida señora, escribo para informarla.
Soy guerrero, detective, poco estoy en mi casa,
en mis viajes investigo muertes de amor, venganzas,
robos, violaciones, cuentas en las Canarias.
En mi última partida llegué a la morada
de una ninfa preciosa, Calipso la llaman.
Ella es generosa con aquellas almas
que llegan hasta su lecho buscando algo más que mantas.
Luego de deleitarme con esa ninfa dotada
volví hacia mi nave que había dejado anclada.
Hallé en la arena un trozo de espada.
En un extremo tenía “Made in Ítaca” grabada.
Recordé a Ulises y a usted, dulce dama.
Creo que su esposo vive, de eso quería informarla.
Por unas pocas monedas podría ayudarla.
Sherlock Holmes a su servicio queda señora amada”-.
Penélope cae al suelo pronunciando estas palabras:
-“¡Maldito pordiosero, con una ninfa me engaña!
¡Debería hacer yo lo mismo que Climneastra!”-
-“Pero dulce señora – dice su tierna ama –
seguro pidió a Calipso ayuda para encontrarla”.
-“Yo lo conozco, querida, con él estuve casada.
¡Se las va a ver conmigo si pone un pie en esta casa!-”
-“Señora, reconsidéralo, los pretendientes te aclaman.
No es menester de una reina con cualquiera estar ligada”-.
-“Tienes razón querida, sabias son tus palabras.
Escríbele al detective rápidamente esta carta:
“Mi preciado Holmes, acepto su ayuda enseguida.
Ítaca es un caos, su asistencia es bienvenida.
La situación empeoró cuando Atenea enfurecida
instó a mi joven Telémaco a emprender la partida
en búsqueda de su padre o de alguna noticia.
Llegó a una isla pequeña, allí alargó su estadía.
Fundó una empresa que a todos da envidia.
Telefónica la llama, honrando su carisma.
Así perdí un aliado y el fruto de mi vida.
Requiero su ayuda, por el pago no hay problema.
Pero prométame, por favor, de mi marido, la vuelta.”
Al recibir la epístola, Sherlock emprende el camino.
Viaja de nuevo a Ogigia al encuentro de Calipso.
Con fines más nobles se adentra en su castillo.
Al preguntarle por Ulises la diosa niega con gritos
haberle dado a aquel hombre lecho y cobijo.
Sherlock sabe que miente, su intuición se lo dijo,
y un mechón de cabello que encontró en el piso.
“Es el cabello de Ulises”, concluye decidido.
Antes de que lo vean lo guarda en su bolsillo.
Sale de la morada, llega a su navío.
Analiza los cabellos con una lupa y barbijo.
A esta altura no se sabe donde puede estar el bicho
de esa gripe que llaman, “la gripe de los porcinos”.
Al aumento se puede ver que los cabellos perdidos
son gruesos, ondulados, carentes de todo brillo.
Piensa: “Han de ser de un hombre rudo y listo.
Veo que no usa Sedal, ni ningún otro aditivo.
Están un poco maltrechos, los extremos florecidos,
pero conservan la fuerza, son de alguien fornido.
Si Ulises ha estado aquí seguro ha partido
a donde lleva el oleaje del mar embravecido.
Hacia allí me dirigiré cumpliendo lo prometido”.
A Esqueria por fortuna el detective ha llegado.
Allí avísanle que a Ulises hasta Ítaca llevaron.
-“Malditos isleños – piensa – se me han adelantado.
Debo llegar a Ítaca, urgente, apresurado.
Si no, no recibiré el pago acordado”.
Al llegar allí advierte a un pordiosero sentado
que al verlo pasar cuéntale su pasado.
-“Este a mi no me engaña – piensa Holmes enojado –
debe ser Ulises, de mendigo disfrazado.
Tiene el mismo cabello que el mechón encontrado.
Debería usar una crema, no le sienta ese peinado”-
Dijo entonces colérico al nuevo recién llegado:
-“Ulises, no te esfuerces, la ficha te he sacado-”
-“Me cacho, me reconoce, el disfraz me ha fallado”-
-“Sé que llegaste acá en un barquito prestado.
Lo que no entiendo es qué hacés de esa manera empilchado”-
-“No te lo voy a decir si no sé con quién hablo”-
-“Con Sherlock Holmes, querido, te he venido buscando,
Penélope, tu esposa, me lo ha encomendado”-
-“Ya me lo esperaba, maldita, ni un poquito ha cambiado.
Por eso me visto así, para jugar de callado
y sin que me reconozca ver si me ha esperado”-
Luego de escuchar eso dijo Sherlock cansado:
- “Hagamos ahora un pacto y asunto terminado.
Yo te averiguo si Penélope en tu ausencia te ha engañado
que para esas cosas tengo el olfato entrenado,
y vos hacete el tonto, decí que te he encontrado
y te traje a tu casa como si fueras mi hermano,
así cobrando mi dinero me voy para otro lado”-
-“Me gusta lo que decís, el pacto aquí se ha cerrado”-
Ulises quieto se queda a Sherlock esperando.
Llega éste al aposento de Penélope callado.
En el baño, del inodoro, la tapa han levantado
hay crema de afeitar casi por todos lados,
una gillette, vaselina, todo desparramado.
Sherlock sale corriendo del baño desesperado.
En la cama matrimonial ve ambos lados usados,
hay dos pares de pantuflas y un libro de sexo tántrico.
En el placard, calzoncillos y un balón autografiado.
-“¿Y ahora qué hago? – piensa – ¡Me van a cortar las manos!
Se apresura a salir corriendo de ese cuarto endemoniado.
Al llegar hasta Ulises le dijo: “Está todo solucionado.
Tu esposa ha sido fiel, te ha estado esperando”
Ulises le preguntó: “-¿Cómo te has enterado?-”
-“Estuve en sus aposentos y vi muy asombrado,
que Penélope te espera con todo preparado:
calzoncillos, pantuflas, placeres para su amado.
Ya podés ir a su encuentro, quítate esos harapos,
y decile que deposite mi dinero en el banco”.
-“Muchas gracias amigo, sos como un hermano.
¿No te querés quedar para festejar un rato?”-
-“Te agradezco querido, mejor me voy a mis pagos”-
Autora: Florencia Ciancio
Un cacho de literatura
Segundo premio. Concurso "5 años" de www.graduadosletras.blogspot.com.
Un cuento inspirado en mi abuela Dora.
Autora: Florencia Ciancio
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.
Un cuento inspirado en mi abuela Dora.
Punto final
(Cuento)
(Cuento)
- Entré y la vi ahí tirada, en el piso del patio. Parecía muerta. La ropa estaba a medio tender. En el tacho quedaba un bollo de ropa húmeda. En la soga la ropa tendida todavía chorreaba agua. Fue raro. Siempre me la imaginé muerta. Yo quería que muriera, por supuesto. Pero nunca pensé que fuera a ocurrir tan rápido. Me acerqué y vi que tenía sangre en la cabeza. Le salía de un tajo bastante grande y amoratado que tenía cerca de la frente. Se empezó a formar un pequeño charco rojo que corría en dirección al aljibe. Ese aljibe de mierda que la vieja nunca había querido tapar. ¿Para qué lo quería? ¿Me querés decir para qué lo quería? “Grato es vivir en la amistad oscura de un zaguán, de una parra y de un aljibe” decía la tipa, y citaba a Borges, llenándose la boca. Atiborrado de mugre estaba el aljibe. Borges tendría un aljibe limpio, pero este era un asco. Una vez, nos habíamos peleado y de bronca agarré unos zapatos rojos con taco alto que tenía ella y se los tiré ahí adentro. Si los habrá buscado, mirá. Años los buscó.
¿Qué querés que te diga? Es eso lo que me acuerdo de ese día. Ella ahí tirada, la ropa a medio tender. Yo la vi y me di cuenta que estaba muerta. No sabía qué hacer y me senté en el aljibe a fumarme un pucho. Ahí se me vinieron a la cabeza todos los recuerdos que tenía de ella. Ni uno bueno, claro. Pero recuerdos al fin. Me acordé de la vez que habíamos ido de viaje a Mar del Plata, para las vacaciones de invierno. Hacía un frío de cagarse. A la vieja se le ocurrió ir al casino. Me acuerdo que llovía y no teníamos paraguas. Llegamos al casino empapadas. Yo era medio chica, así que iba con ella para todos lados. Doce años tendría en ese entonces. Ella ya estaba medio baqueteada pero seguía encajándose unos escotes que eran dignos de una puta. Ese día el agua de la lluvia le había pegado un poco la remera al cuerpo y se le transparentaba el corpiño que se había puesto. Una vergüenza me hacía pasar, que ni te cuento. La cosa es que estábamos ahí, en el casino, y la vieja no tenía un mango encima. No fue para jugar. Fue para ver si levantaba algo, algún tipo con guita que nos bancara el resto de las vacaciones. Se estaqueó a una mesa y de ahí no se movió. En una de esas vino un jovato y se le paró al lado. Yo veía que se la apoyaba y mi vieja no decía nada. Que turra. Yo me quería morir. Quería que se desplomara el casino entero arriba de la vieja y la hiciera pedazos. Pero no, siguieron ahí. Palabra va, palabra viene… se lo llevó al hotel. Yo acostada en una de las camas y ella en la otra con el tipo. Esa noche no pegué un ojo. Me dormí a la madrugada, cuando dejaron de gritar, los muy asquerosos. Me acuerdo que al día siguiente me levanté y mi vieja no estaba. La esperé todo el día, muerta de hambre, encerrada en la habitación. Me tuve que comer una caja de alfajores Havanna que habíamos comprado para llevar de regalo. La tipa volvió a la noche. Tenía un olor a alcohol que te tumbaba y la cara toda magullada. Andá a saber qué le pasó. Yo no me enteré. Ni quise enterarme. Me importó un pito. Ahí la empecé a odiar. Y seguí odiándola toda la vida.
Entre recuerdo y recuerdo se me fue el día. Con la tarde se cansaron los dos o tres colores del patio. El rojo de la sangre se empezó a secar y el amarillo de la tierra polvorienta había empezado a volar por todos lados. Se le llenó el pelo de polvillo a la vieja. Fue como verla envejecer de golpe. Le llegaron las canas que siempre se quitó. Se teñía, viste. No quería envejecer nunca. Yo pensaba que me iba a morir antes que ella. Parecía eterna la tipa.
- Yo también pensaba eso. Que me iba a morir antes que ella. Y lo que más me molestaba era saber que nunca iba a tener la satisfacción de verla muerta. Por eso te pregunto qué pasó ese día. Porque vos tuviste esa dicha y quería que me la traspasaras. Aunque me hubiera gustado un poco más de morbo en tu relato. Yo no soy cana, nena. Eso de que entraste y la viste tirada dejalo para contárselo a otro. A mí contame la posta. ¿Cómo la mataste?
- Qué decís salame, yo no la maté.
- ¿Me estás cargando? Me vengo desde el Chaco a Buenos Aires para saber como fue la cosa y que me alegres la vida ¿y me salís con esto?
- ¿Qué querés que te diga? ¿Qué la maté cuando no la maté? Ojalá la hubiera matado yo. Ya lo tenía todo planeado al asesinato, pero se me adelantaron. Yo lo imaginaba para cuando la vieja cumpliera los setenta. No sé quién fue. Hasta tenía mis dudas de que habías sido vos.
- No, yo lo planeaba para los ochenta, si es que llegaba. Entonces fue la tía Norma, o Beti. Qué se yo. Todos queríamos que se muriera la vieja. ¿Y la justicia que dijo?
- Nada, lo tomaron como un accidente. Nos tocó Gerardo como fiscal. Un día nos juntamos en un bar y me dijo: “Sea quien sea que la haya matado no se merece la cárcel, se merece el Nobel de la paz. Sigamos con nuestras vidas”. Se pidió un whisky, y brindó por la felicidad. Yo creo que ya estaba mamado.
Autora: Florencia Ciancio
9 de agosto de 2011
Experiencias cotidianas
Choripán + agua bendita: $10
Desde lejos ya se sentía el olor a choripán. Avanzo. Hay humo, gente, muchísima gente, jóvenes, ancianos, vendedores, parrillas ambulantes, griterío. Logro hacer una cuadra entre la multitud. Para esta altura ya siento que me convierto en un choripán gigante. Los niños me empujan. Las señoras me miran raro... yo no soy de allí. Comienzo a divisar el objetivo. Alguien me echa agua en la cara con un rociador de ropa (está fría). Atraviezo el umbral. Ya estoy ahí. Lo logré. Estoy en San Cayetano.
Desde lejos ya se sentía el olor a choripán. Avanzo. Hay humo, gente, muchísima gente, jóvenes, ancianos, vendedores, parrillas ambulantes, griterío. Logro hacer una cuadra entre la multitud. Para esta altura ya siento que me convierto en un choripán gigante. Los niños me empujan. Las señoras me miran raro... yo no soy de allí. Comienzo a divisar el objetivo. Alguien me echa agua en la cara con un rociador de ropa (está fría). Atraviezo el umbral. Ya estoy ahí. Lo logré. Estoy en San Cayetano.
Y sí... fui a San Cayetano en carácter de simple acompañante. Juro que no sabía en lo que me estaba metiendo. Apenas llegué, la cultura popular me abofeteó una vez más. ¿Por qué yo, que me pasé la vida dentro de colegios religiosos, me sorprendo al enfrentarme con esta festividad de la Iglesia Católica? Simple: porque cuando yo iba a la iglesia de mi escuela, como mucho había dos o tres personas y con suerte el único aroma que respirabas era el de la madera de los bancos recién lustrada. Pero en San Cayetano me encontré con una multitud estruendosa devoradora de choripanes y pastelitos de membrillo. Parrillas ambulantes que emanaban humo como extraños incensarios de carne. La gente se amontonaba en la puerta de la iglesia intentando comprar alguna espiga para bendecirla y llevarla a su casa cual reliquia sagrada. Pero tranquilamente podrían haber dicho: "Padre, bendígame este sanguche de bondiola" y nadie se hubiera horrorizado. Recuerdo aquellas épocas en las que acompañaba a mi madre a misa, y en algunas ocasiones especiales el sacerdote de turno te rociaba la cabeza con agua bendita. Era un acto extremadamente solemne. Pero en San Cayetano el agua bendita me llegó desde un rociador de ropa de plástico, amontonada con otras personas que seguramente no estaban muy seguras de lo que sucedía. ¿Qué tiene de malo todo esto? absolutamente nada. Simplemente regresé a casa un poco confundida, con olor a chorizo asado e intentando descubrir las similitudes entre esa jornada y una tarde en la cancha de Alvarado.
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